(Cuando el tren se hubiera detenido, del vagón restaurante, que también pertenecía a la importante categoría de los Grandes Expresos Europeos, se desprendería un vago olor a consomé; lo he reconocido instantáneamente toda mi vida, igual que el olor a mimosa; por eso me encanta viajar en tren y he plantado en mi jardín de Mallorca un árbol de mimosa que, con el tiempo, se ha hecho enorme.)

Cuando se detuvo al fin el expreso con un suspiro agónico y gran humareda, tuvimos todos que abalanzarnos hacia adelante por el andén. Los coches-cama estaban en la trasera del convoy, imagino que en un vano intento por alejarlos del negro humo de mal carbón que salía a borbotones de la locomotora. Durante años después, mis momentos favoritos en los viajes de tren han sido los que me deparaban las curvas de la vía cuando podía ver todo el convoy y divisar al frente la locomotora escupiendo carbonilla, chispas de fuego y humazo negro. Una tontería como cualquier otra: la estampa romántica de los ferrocarriles suizos en cualquier calendario de una marca de chocolates.

«¡Vamos, vamos!», se pusieron a gritar los primos pequeños mientras correteaban hacia el frente para luego volver brincando; y los mayores (yo había decidido incluirme en esa categoría sólo porque me había llegado el momento de imitar el gesto pausado de mi padre) apresuramos el paso mirando hacia las ventanillas para vislumbrar a nuestra viajera asomada a cualquiera de ellas y, en el instante del descubrimiento, comprender si venía feliz o apesadumbrada, si había madurado o si, por efecto del viaje o la larga ausencia, había perdido mucho peso.



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