
Al fin, una mano enguantada se agitó a lo lejos desde la ventanilla de uno de los dos coches-cama y, movidos por algún infalible instinto familiar, todos los primos salimos corriendo como una exhalación. «¡Allí está, allí está!», exclamó el abuelo con evidente alegría, olvidada toda su severidad de un momento antes para con el despilfarro de su hija. Se quitó el sombrero y ya no se lo volvió a poner hasta que hubo besado a su hija. «Más delgada la veo», dijo la abuela, que siempre rezongaba para no dar la impresión de que las cosas de la existencia debían ser aceptadas sin protesta; la vida transcurría en un valle de lágrimas y no debían permitírsele frivolidades. «No, pero tiene buen aspecto -dijo mi madre-. Se ha dejado las cejas sin depilar», añadió después con tono sorprendido.
Asomada desde el pasillo de su vagón a la ventanilla que estaba frente a su compartimiento, África sonreía con los ojos arrasados de lágrimas. La veíamos decir cosas que no podíamos oír a causa del bullicio reinante en la estación. Llevaba puesto un sombrero negro de rafia y un velo negro muy transparente le cubría parte de la cara. Llevaba los labios muy rojos, como se estilaba entonces, y los ojos delineados con grandes trazos negros.
Desde frente a la ventanilla nos fuimos desplazando (andando de costado, como los cangrejos) por el andén hacia la portezuela a medida que la tía África recorría el pasillo. Todos sin excepción saludábamos agitando las manos en alto y mi abuela musitaba «¡hija, hija!». Pintoresco cortejo aquel.
Mientras tanto, el revisor del coche-cama, vestido con el clásico uniforme marrón y su gorra de plato, empezó a pasarle por la ventanilla al mozo maletas y bultos, todos de mi tía, para que los fuera apilando sobre el carrito. Finalmente, África se asomó a la portezuela y se dispuso a bajar del tren frente al coro expectante del comité de recepción.
Y si de los momentos inmediatamente anteriores a la llegada del tren conservo una memoria sólo aproximada y borrosa, de toda la escena que siguió tengo un recuerdo tan preciso que bien parece salir de una película cinematográfica: me resulta tan ceremoniosa, tan llena de glamour como la de la llegada de una estrella de Hollywood.
