
No lo hizo. Pero se detuvo un instante, antes de avanzar un pie hacia la escalerilla y empezar a descender por ella. Levantó la mirada y la fijó Dios sabe en qué recuerdo. Ahora sé que se estaba despidiendo de todo. Entonces fue simplemente el saludo de una reina a quien quisiera rendirle pleitesía.
Fue un momento mágico, captado por mi retina de adolescente y archivado para siempre jamás en mi memoria: una diosa que regresaba de un viaje misterioso y que alimentaría a partir de entonces todas mis fantasías y las aventuras de mi mundo.
Mi enamoramiento fue instantáneo, profundo y absolutamente carnal. ¿Y qué había de más natural que un chico de trece años se prendara perdidamente de una belleza de treinta y dos? Fue la arquitectura de las caderas enmarcando sobre la falda lisa la curva apenas perceptible de su vientre. Fue la cintura increíblemente estrecha. Fueron los muslos ligeramente combados, largos y seguro que más suaves al tacto que la más fina seda de China. Fueron los tobillos frágilmente plantados sobre los zapatos de tacón. Fue, después, cuando conseguí levantar la vista, la garganta interminable que se apoyaba con delicadeza sobre las clavículas, una esbelta columna de mármol, blanquísima y salpicada de vetas azules.
Claro que yo percibí aquello como un torbellino de sensaciones y no fui capaz de racionalizarlo como lo hago ahora que me falta. Treinta y cinco años ya. Y aún hoy se me hace un insoportable nudo en la boca del estómago y me vence un latido de erotismo.
