
África bajó la mirada buscando a Martita. La divisó en la primera y bulliciosa fila de sobrinos y, de pronto, sonrió con mucha ternura.
Empezó a bajar cuidadosamente los tres peldaños de la escalerilla, procurando plantar sus zapatos de modo que los inverosímiles tacones no fueran a resbalar por alguno de los huecos o sobre el hierro pulido del escalón.
Mi padre alargó su mano para ayudarla y África la cogió.
– ¡Este Gonzalo! Siempre tan caballero… -dijo, y fue al primero al que dio tres sonoros besos. Luego se volvió hacia su hija, que esperaba con el entusiasmo de pronto en suspenso, como si ignorara la clase de recibimiento que debía dar hasta tanto no reconociera en el gesto de su madre aprobación o cariño.
Martita no había heredado ninguno de los rasgos de África, ni siquiera la dulzura. Una vez que yo estaba mirando a la calle desde la terraza, oí que en el salón mi abuela le decía a mi madre: «¡Oj, chica, ha sacado todo a su padre! Ya podía parecerse a cualquiera de vosotras, en vez de… de… ese aire de pueblo.» Desde entonces, como no podía menos de ocurrir, me hice un retrato imaginario del marido de África: muy moreno, con el pelo liso renegrido, los ojos negros y la cara ancha. Y, desde luego, muy bajo. Pues así era Martita de pequeña. Como uno de nosotros, sin feminidad, sin gracia, siempre peinada con dos tirabuzones que, en lugar de caer sedosamente sobre la garganta, se disparaban hacia arriba, prestando a mi prima un aire paleto que, aunque sea una maldad decirlo, nunca la abandonó con los años y la madurez. Tal vez por eso Martita y yo siempre fuimos íntimos, como hermanos: por compensar el mal pago que le había dado la Madre Naturaleza cuando le hubiera debido ser fácil seguir el ejemplo de la generación anterior; por la simpatía instintiva que despertaban en mí su desangelamiento y su posterior mala suerte en las cosas de amores, aunque no en las del bolsillo.
África abrió los brazos y Martita se refugió en ellos de un salto. Estuvieron así un buen rato, balanceándose apretadas, y África ya no la soltó de la mano mientras los demás le dábamos la bienvenida.
