
– Hija mía, bien venida a casa -dijo la abuela.
– ¡Qué ganas teníamos ya de verte, hija! -añadió el abuelo.
– Ya estás aquí, ¿no? -dijo la tía María, tan patosa como de costumbre.
– Menos mal que has vuelto -sentenció mi madre-. ¿Qué te has hecho en las cejas?
Son algunas de las frases de bienvenida que recuerdo. Nadie le dijo «¡qué guapa estás!». Ahora sé por qué, pero entonces me sorprendió que los demás ignoraran la evidencia: seguramente, me dije días después mientras repasaba en mi cabeza los acontecimientos ocurridos, yo era el único que comprendía el secreto de la belleza de África y la sensualidad del momento. Los demás sólo se alegraban del regreso. Yo era el único que se asomaba a la angustia del pecado de la lujuria. Y a sus delicias.
– ¡Javier! -exclamó África-, chamaquito. ¡Pero si estás grandísimo y guapísimo! Ven que te dé un beso muy fuerte.
Se inclinó un poco hacia mí, no mucho porque era verdad que yo había crecido bastante en los últimos meses, y poniéndome la mano libre en la mejilla me dio un beso. Olía a un perfume indefinido, una mezcla suavísima, casi imperceptible, de violetas y lirios o de rosas tal vez, una blandura. Imagino que así era el olor natural de su piel, puesto que ni en los peores momentos de su agonía dejó de percibirse, por debajo de los alcoholes y las colonias con que la lavaban. Aún hoy hay veces en que de pronto me asalta; no sé porqué, será una conjunción de los aromas de muchas plantas en primavera, algo que está en el polen de las flores, una sugerencia que flota en los atardeceres, una mezcla irrepetible que me hace detenerme y olfatear para que no se me escape ese instante sublime en que lo reconozco entre todos los otros olores que me son familiares.
Fue la primera vez que me puse rojo como un tomate. Cuando me separé de África, miré furtivamente a todos, aterrado de que alguno me hubiera podido notar el sonrojo. Pero no. Respiré aliviado: mi secreto se iría a la tumba conmigo.
