
IV
Los años contribuyeron a apagar mis ardores adolescentes arrumbándolos en el limbo reservado a los pecados especiales de la carne: los de Edipo y asimilados, que es la categoría den la que, lleno de vergüenza, acabé incluyendo mi pasión por la tía África. Ya sé que es una humorada afirmar que el fuego de la pasión se va apagando con el transcurso del tiempo si ese tiempo es el que media entre los trece y los veinticinco años de edad de un muchacho, porque es precisamente en ese lapso cuando el fuego se intensifica hasta límites insoportables. Pero en el caso de África, supongo que como en el de cualquier amorío no correspondido entre un escolar más bien patoso y la maravillosa hermana de su madre (especialmente cuando mi enamoramiento tenía tanta posibilidad de convertirse en realidad tangible como los sentimientos que despertara en mí la Perla de Mompracrem en los años en que devoré las aventuras de los piratas de Salgari), nunca me planteé el loco paso de la imaginación a la realidad; la mera idea de pensar siquiera en una cosa así y, aún más, de imaginar cómo podría llevarla a la práctica me era tan ajena, tan inconcebible, que no me rondaba la cabeza ni en los momentos de mayor delirio. Mis sueños eran mis sueños y me conformaba con darles febril rienda suelta. No: durante años, África habitó ella sola mi mundo absolutamente privado, mi más inconfesable esfera, lo mío, lo que nadie supo jamás. Un crimen de lesa majestad contra todo lo bueno, lo sano, lo limpio que me enseñaban mis mayores, algo que no podía salir al exterior, que ni siquiera habría sido transcribible a un soneto críptico, incluso si disfrazado de las alegorías incomprensibles y empalagosas con que los adolescentes suelen disimular sus angustias. Ahora sé, entonces sólo lo intuía, que mi amor no admitía traslación a la realidad simplemente porque tan extraordinario cuento de hadas no entraba en la naturaleza de las cosas: con los años, me han producido verdadera hilaridad las historias de esos casi niños en crisis de pubertad cuya virginidad se desvanecía en brazos de una señorita de compañía, de la au-pair
