francesa de turno, de una pariente lejana, de una chacha de prietas carnes venida de un lejano pueblo de la sierra abulense o de cualquier otro sueño imposible. Paparruchas de novelas eróticas. Nuestro único atrevimiento lascivo -mío y de José Luis mi hermano- consistió en insistirle durante semanas a una cocinera muy bruta y muy gorda que hubo en casa «¡anda, Lorenza, enséñanos una teta!», y tanto fue el ruego que un día Lorenza (aún recuerdo que estaba pelando un pollo para hacerlo supongo que en pepitoria, los pollos en casa siempre se hacían en pepitoria) se desabrochó el refajo y con cara de malas pulgas se volvió a nosotros, lo entreabrió y dejó que asomara una enorme teta con un pezón negro inmenso y arrugado. Empavorecidos, José Luis y yo salimos corriendo de la cocina como almas que llevara el diablo.

Vivíamos entonces además en la moralidad asfixiante de los peores años del franquismo cuando, amén de ordenar nuestra vida civil, las autoridades pretendían -y, al decir de sus más conspicuos líderes, conseguían- incrementar geométricamente el número de almas de españoles que accedían a la Gloria vía Vaticano, si se comparaban tales éxitos redentores con los de épocas pretéritas. Contaban para ello con el entusiasta apoyo de los religiosos a cuyos colegios acudíamos. En el frontispicio del mío había una leyenda del evangelio de san Juan que decía «la Verdad os hará libres», aunque con el paso de los años y mis crecientes actividades políticas clandestinas, pronto comprendí que, bien al contrario, la enunciación sincera de las verdades conducía directamente a los calabozos de la dirección general de Seguridad de la Puerta del Sol.



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