
Vivíamos entonces además en la moralidad asfixiante de los peores años del franquismo cuando, amén de ordenar nuestra vida civil, las autoridades pretendían -y, al decir de sus más conspicuos líderes, conseguían- incrementar geométricamente el número de almas de españoles que accedían a la Gloria vía Vaticano, si se comparaban tales éxitos redentores con los de épocas pretéritas. Contaban para ello con el entusiasta apoyo de los religiosos a cuyos colegios acudíamos. En el frontispicio del mío había una leyenda del evangelio de san Juan que decía «la Verdad os hará libres», aunque con el paso de los años y mis crecientes actividades políticas clandestinas, pronto comprendí que, bien al contrario, la enunciación sincera de las verdades conducía directamente a los calabozos de la dirección general de Seguridad de la Puerta del Sol.
