(Algunos lustros después, en la primera de las visitas que para lavarme el alma hice al campo de concentración de Buchenwald, en donde fue cremado un buen número de mis antepasados, me pareció un sarcasmo insoportable y obsceno que la inscripción de su frontispicio fuera «el Trabajo os hará libres», Arbeit machí Frei, y peor aún que fuera posible establecer tan cínico paralelismo entre una invocación y la otra.)

Desde el principio, inmediatamente después de que África hubiera regresado de México en 1952, gracias a un formidable instinto de supervivencia moral que habíamos desarrollado los adolescentes católicos españoles para huir del convencimiento cotidiano de que esa noche era la de la condena eterna, adopté una sana máxima de doble rasero en mi intensa vida religiosa: confesaría siempre el pecado pero nunca el sujeto pasivo de mi concupiscencia. Ella no tenía la culpa de nada, pensaba yo, ni siquiera de dejar sus sujetadores de raso color crema colgados de un gancho en la puerta del cuarto de baño de la casa de los abuelos, ni siquiera del olor a su piel imaginada, a las flores de primavera (violetas y lirios o rosas, tal vez, una blandura) que yo aspiraba profundamente hundiendo mi cara en las copas de seda, sofocándome al pensar lo que habían encerrado hasta un momento antes, y no había por tanto razón alguna para involucrarla en mis turbadores (torpes, los habría definido mi director espiritual) manejos. En aquellas ocasiones de la confesión sabatina, la mentira me hizo libre una y otra vez sin que por ello sintiera que arriesgaba padecer el fuego del infierno.

Claro que, con independencia de mis delirios sensuales, África estuvo presente en algunos de mis principales avatares infantiles y juveniles. En ocasiones, porque mis padres no estaban en España, sino en América cumpliendo con algún contrato de ingeniería civil para alguno de aquellos gobiernos; otras veces, porque mi tía era un refugio considerablemente más cómodo para las angustias de su sobrino, más cómodo, me apresuro a recordarlo, por ternura que por afinidad intelectual.



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