
– ¡Ay, chamaquito! -solía exclamar en estas ocasiones-, algún día te van a dar un mal golpe y lo sentiremos todos.
Y me plantaba un sonoro beso en las mejillas, poniéndome una mano en cada costado de la cabeza para mantenerla fija. Muchas veces la encontraba rezando el rosario en la oscuridad del salón rara vez utilizado por los abuelos; o, en otras ocasiones, volviendo de la parroquia de los Jerónimos, el pelo recogido en un severo moño y la cabeza envuelta en un pesado velo negro, tras haber rezado un triduo a la Virgen o dos misas seguidas por las almas del purgatorio, con tal de acumular con tamaño sacrificio indulgencias que me descargaran de los castigos que mis actitudes crecientemente políticas sin duda me habían de acarrear. O que las travesuras de mis hermanos menores o que los desengaños sentimentales de Martita, que para el caso daba lo mismo.
Al poco de terminarse la guerra civil, en los inviernos del hambre, mis padres nos dejaron a mí y a mi hermano José Luis en la casa de mis abuelos, que entonces vivían en Cádiz por necesidades de la compañía de construcciones para la que trabajaba mi abuelo. También estaban con nosotros Martita y, por supuesto, la tía África. Era el invierno del 43 o del 44 y hacía tres o cuatro años ya que a África la había abandonado su marido. Nunca lo conocí, ni lo hubiera podido reconocer de toparme con él. Es extraordinario: jamás lo vi en mi vida, nunca me mostraron una fotografía suya y sólo sé que murió en 1960 de un mal cáncer por la alegría con que lo anunció África.
