Sabe Dios la de veces que le deseó la muerte. Esa ira profunda de África contra su marido alcanzaba unas cotas de violencia tan poco características en una persona tan bondadosa como ella que me desasosegaba y me asustaba; me dejaba desconcertado y, por disimular mi angustia, me ponía a escuchar en otra dirección. Puede que él tuviera una maldad abismal que le rebajaba más que la viscosidad repugnante de la insidia, más que la pasta obscena de la indecencia; no sé cómo explicarlo porque nunca supe cómo era en realidad. Al hombre le había tocado una vez el premio gordo de la lotería y ni fue capaz de destinar alguna cantidad de dinero para mejorar la suerte o la educación de su propia hija. Hay odios o menosprecios o desprecios que duran generaciones; éste, fuere cual fuere su causa, se interrumpió bruscamente en la segunda; Martita nunca heredó la ponzoña de su padre y jamás pagó a nadie con la misma moneda. El padre se la llevó a la tumba y por añadidura con la mala sangre envenenada, puesto que no dejó a la hija ni una mísera peseta: todo lo gastó en una querida que tuvo durante años y lo único que quedó de la fortuna fue una buena cantidad de deudas. Como mi padre era hombre previsor y prudente, hizo que la herencia fuera aceptada por Martita a beneficio de inventario y así se libró ella de que le cayeran encima los acreedores.

En Cádiz, África hizo de madre de los tres, de Martita, de José Luis y de mí y eso que no tendría más de veinticuatro o veinticinco años. Su edad del momento no tiene nada de particular para hacer de madre, naturalmente, pero ahora se me antoja como la edad de una niña jovencísima a quien hubieran caído simultáneamente varias pesadas cargas, la menor de las cuales no era ciertamente tener que estar sometida a un padre muy severo. Doblemente severo, me barrunto, porque al haber sido África abandonada por su miserable marido, mi abuelo debía de sospechar que ello era forzosamente indicativo de alguna veta de locura aventurera, pero no en su ex-yerno sino en su propia hija, a la que probablemente atribuía maliciosas tendencias a asemejarse al tío de ella, su hermano Adolfo, el poeta comunista exiliado en México, o a la hermana de ambos, María, que era nada menos que madre de un torero.



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