
Y su risa.
Su carcajada sonora y repentinamente sensual.
Sus ocurrencias. Un gesto apaciguador y suave de la mano. Un roce de los dedos sobre mi muñeca para callarme o para serenarme en un momento de violencia. África detestaba la violencia y cuando se enfrentaba a ella se le hinchaba una vena en el cuello interminable y sus gigantescos ojos, perdido el color malva, se tornaban sombríos, brutalmente oscuros.
La suya fue una historia típica de los tiempos del rigor moralista de la dictadura: se había casado a los diecisiete años con un donjuán descarado y chulo, le había nacido mi prima durante la guerra civil, su marido la había dejado abandonada por una querida, supongo que más dada a la lujuria, y finalmente había dedicado lo que le quedaba de vida a cuidar de sus padres. La tía África. Una vida normal, como otros miles de vidas de otras tantas mujeres españolas machacadas por el peso de las convenciones. Y aun así, siempre me pareció (sólo a mí; claro, no sé de otros, ni me importa, no sé lo que pensarán otros centenares de miles de personas afectadas por millares de tragedias familiares o simplemente humanas o decididamente desgarradoras: esta que relato es mi visión de mi vida; las demás me traen absolutamente sin cuidado) que había en África una calidad especial en el sufrimiento, un dolor particularmente estéril, una violencia terrible en esa manera de que le pasara la vida sin que nada pasara.
