Yo sé que tengo la razón: tengo la certeza, seguramente parcial, subjetiva y algo desequilibrada, de que la historia de África es, en su acontecer anodino, única en la tristeza, única en la soledad y en el desamparo. Pero es que, ¿me comprenden?, yo la conocí como nadie.

La enfermedad que la mató empezó de forma benigna, inadvertida y hasta casi graciosa.

En uno de mis viajes a Madrid -recuerdo bien que era el mes de mayo de cuatro años atrás-, nos habíamos reunido toda la familia a cenar. Tampoco éramos tantos: doce o quince personas repartidas en tres generaciones. No nos frecuentábamos mucho, entre otras cosas porque, de las tres hijas de mis abuelos, una, la mayor, se había peleado con mi madre, más por lo idiotas y manirrotos que eran mis primos que por otra cosa, mientras que la más pequeña, África, se debatía entre ambas intentando apaciguarles la animadversión sin demasiado éxito.

En aquellos ágapes solíamos respetar las antiguas costumbres familiares del tiempo de mis abuelos: se comía una barbaridad, caldo, tortilla de patata, ensaladilla rusa con espárragos, lubina cocida con mayonesa, jamón de York con huevo hilado, croquetas con patatas fritas y ensalada, flan, tocino de cielo, macedonia de frutas, en fin, de todo y por su orden. Los más jóvenes bebían cerveza; otros, especialmente África y sus hermanas, tomaban vino tinto con sifón y los primos mayores dábamos buena cuenta de dos o tres botellas de buen Rioja, generalmente aportado por mí.

Disfrutaba enormemente con aquellas comidas, etapa infrecuente de mis raras visitas a España. Eran simples, directas, carentes de complicaciones o de altibajos emocionales.



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