
Maggie se dio cuenta de su propia feminidad. Las pequeñas gotas de humedad corrían en el valle entre sus pechos, suaves y brillantes con el sudor, su camisa se aplastaba contra su piel. Su largo y espeso pelo, del que estaba tan orgullosa, estaba pesado y caliente contra su cuello y su espalda. Levantó la pesada masa, el simple acto de repente sensual, levantando sus pechos bajo la delgada tela de algodón, sus pezones raspando con cuidando el material. Maggie retorció su pelo con la maestría de la práctica, sujetando la cuerda gruesa a su cabeza con un palo enjoyado.
Era extraño que el calor y la selva primitiva le hicieran de repente consciente de su cuerpo. El modo en que se movía, sus caderas balanceándose suavemente, casi como una invitación, como si supiera que alguien la estaba mirando, alguien a quien quería atraer. En su vida entera, nunca había flirteado o coqueteado, y ahora la tentación era aplastante. Era como si ella hubiera cobrado vida, aquí en este lugar oscuro, un lugar donde crecían enredaderas, hojas y toda clase de planta imaginable.
Los árboles más cortos competían por la luz del sol con los altos. Estaban cubiertos por lianas y plantas trepadoras de varios tonos de verde. Orquídeas salvajes colgaban encima de su cabeza y los rododendros crecían tan altos como algunos árboles. Las plantas con flores crecían en los árboles, estirándose hacia la luz del sol que lograba abrirse camino por el espeso dosel. Loros intensamente coloreados y otros pájaros estaban en constante movimiento. La llamada chillona de los insectos era un zumbido ruidoso que llenaba el bosque. El aire era dulce con las flores perfumadas que emborronaban sus sentidos. Esto era un decorado exótico, erótico en donde sabía que ella pertenecía.
