Maggie inclinó la cabeza hacia atrás con un pequeño suspiro, secando el sudor de su garganta con la palma de la mano. Su parte inferior se sentía pesada e inquieta con cada paso que daba. Necesitada. Deseando. Sus pechos estaban hinchados y doloridos. Sus manos temblaban. Una alegría extraña barrió a través de ella. La vida pulsaba en sus venas. Un despertar.

Entonces se dio cuenta de los hombres. Mirándola. Sus ojos calientes por los movimientos de su cuerpo. La curva de sus caderas, el empuje de sus pechos tirando contra la tela de su camiseta. La subida y bajada de su respiración mientras andaba por el estrecho camino. Generalmente, saber que estaba siendo mirada la hubiera avergonzado, pero ahora se sintió licenciosa, casi una exhibicionista.

Maggie examinó sus sentimientos y se impresionó. Ella estaba excitada. Totalmente excitada. Siempre había pensado que estaba hasta cierto punto en el lado asexual. Nunca notó a los hombres de la manera en que sus amigas lo hacían, nunca le atrajeron. Ellos ciertamente no la encontraban atractiva, aunque ahora no solo era consciente de su propia sexualidad, sino que se deleitaba con el hecho de que excitaba a los hombres. Ella frunció el ceño, dando vueltas a los sentimientos desconocidos. Eso no iba con ella. No estaba atraída por los hombres, aunque su cuerpo lo estaba. No eran los hombres. Era algo profundo dentro de ella que no podía comprender.

Se movió a lo largo del camino, sintiendo como los ojos acariciaban su cuerpo, sintiendo el peso de las miradas, oyendo la respiración pesada de los hombres mientras se adentraban en el interior oscuro del bosque. La selva pareció cerrarse detrás de ellos, enredaderas y arbustos extendiéndose a través del rastro. El viento soplaba bastante fuerte como para tirar hojas y pequeñas ramitas al suelo de la selva. Pétalos de flores, enredaderas e incluso ramas pequeñas se colocaron sobre la tierra de modo que parecía como si nada hubiera sido molestado durante años.



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