Sus ojos veían detalles de manera diferente, mucho más agudamente, captando el movimiento que no debería haber sido capaz de notar. Era estimulante. Incluso su sentido del olfato parecía realzado. Trataba de evitar atropellar una planta hermosa, blanca como de encaje, que parecía estar por todas partes y que emitía un olor acre.

– ¿Qué es esta planta del suelo? -se aventuró a preguntar.

– Un tipo de hongo -uno de los hombres contestó bruscamente. Él se había presentado simplemente como Conner-. A los insectos les gusta y terminan por extender sus esporas por todas partes. -Aclaró su garganta y echó un vistazo a los otros hombres, entonces detrás ella.

– ¿Qué hace usted en la gran ciudad, señorita?

Maggie se asustó cuando le hizo la pregunta. Ninguno de los hombres se había animado a entablar mucha conversación.

– Soy veterinaria de animales exóticos. Me especializo en felinos.

Maggie siempre había estado atraída por lo salvaje, estudiando e investigando todo lo que podía encontrar sobre selvas tropicales, animales, y plantas. Había trabajado mucho para hacerse veterinaria de animales exóticos, esperando practicar en tierras salvajes, pero Jayne había estado tan firme, tan resuelta en su determinación de mantener a Maggie cerca, que se había conformado con trabajar en el zoo. Esta había sido su gran oportunidad para ir al lugar que siempre había tenido muchas ganas de ver.

Maggie tenía sueños de la selva tropical. Nunca había jugado con muñecas como otras niñas, sino con animales de plástico, leones, leopardos y tigres. Todos los grandes felinos. Ella tenía afinidad con ellos, sabía cuando tenían dolor o trastornos o estaban deprimidos. Los felinos le respondían y rápidamente había adquirido una reputación por su capacidad de curar y trabajar con felinos exóticos.

Los hombres cambiaron una breve mirada que ella no pudo interpretar. Por cualquiera razón su reacción la hizo sentir incómoda, pero insistió en el intento de conversar ahora que él le había dado una oportunidad.



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