
De repente se hizo el silencio en el bosque. Los insectos cesaron su zumbido sin fin. Los pájaros pararon bruscamente sus continuas llamadas. Incluso los monos cesaron toda la charla. La calma la molestaba, enviando un estremecimiento por su espalda. Una sola advertencia chilló alta en el dosel, una alerta de peligro y Maggie supo al instante que era peligroso para ella. El pelo de la nuca se le erizó y giró nerviosamente la cabeza de un lado al otro mientras andaba, sus ojos sondeando agitadamente el denso follaje.
Su aprehensión debía de haberse trasladado a los guardias, que redujeron la distancia entre ellos, y uno se quedó detrás de ella impulsándola a moverse más rápidamente por el bosque.
El corazón de Maggie se aceleró, su boca se secó. Podía sentir que su cuerpo comenzaba a temblar. Algo se movía en el profundo follaje, grande, pesadamente musculado, una sombra en las sombras. Algo se paseaba al lado de ellos. Realmente no podía verlo, la impresión era de un depredador grande, un animal que la acechaba silenciosamente. Sintió el peso de una intensa y concentrada mirada fija, unos ojos que no parpadeaban. Algo fijo sobre ella. Algo salvaje.
– ¿Estamos a salvo? -hizo la pregunta suavemente, acercándose a sus guías.
– Desde luego que estamos a salvo, señorita-contestó el tercer hombre, un alto rubio con oscuros y pensativos ojos. Su mirada se deslizó sobre ella-. Nada atacaría una partida tan grande
El grupo no era tan grande. Cuatro personas que marchaban pesadamente sobre un camino no existente hacia un destino incierto. No se sentía segura del todo. Había olvidado cual era el nombre del tercer hombre. Eso de repente la molestó, realmente la molestó. ¿Si algo realmente los atacaba y el hombre trataba de protegerla, ella ni siquiera sabía su nombre?
