
Maggie echó un vistazo atrás. Lo que los rastreaba se había detenido. Levantó la barbilla, otro temblor atravesó su cuerpo. Algo miraba y esperaba para atacar. ¿Se dirigían hacia una emboscada? No conocía a ninguno de los hombres. Había confiado en un abogado acerca del que sabía muy poco. Lo había investigado, desde luego, para asegurarse de que era legítimo, pero eso no significaba que no hubiera sido engañada. Las mujeres desaparecen cada día.
– ¿Señorita Odesa? -Era el alto rubio-. No parezca tan asustada. Nada va a pasarle.
Esbozó una pequeña sonrisa. Su afirmación no se llevó su miedo a lo desconocido, pero estaba agradecida de que él lo hubiera notado y lo hubiera intentado.
– Gracias. El bosque estaba tan tranquilo y de repente se siente tan… -Peligroso. La palabra estaba en su mente pero no quería decirla en voz alta, darle vida. En cambio emparejó su paso al del rubio.
– Por favor llámeme Maggie. Nunca he sido muy formal. ¿Cómo se llama usted?
Él vaciló, echó un vistazo hacia la izquierda en el espeso follaje.
– Donovan, señorita… er… Maggie. Drake Donovan.
– ¿Ha estado en el pueblo a menudo?
– Tengo una casa allí -admitió él- todos tenemos casas allí.
El alivio se cernió sobre ella. Sintió que un poco de la tensión dejaba su cuerpo.
– Esto me tranquiliza. Comenzaba a pensar que había heredado una pequeña choza en medio del bosque o tal vez en lo alto de uno de los árboles. -Su risa era baja. Ronca. Casi seductora.
Maggie parpadeó por el choque. Allí estaba otra vez. Ella nunca sonaba así, aunque ahora por dos veces su voz había parecido una invitación. No quería que Drake Donovan pensara que ella estaba animándolo. ¿Qué le estaba ocurriendo? Algo le pasaba, algo que no le gustaba en absoluto. Sabía que algo estaba mal, todo sobre eso se sentía mal, su cuerpo rabiaba con una necesidad urgente, primitiva.
