
– Soy la doctora Stevenson. Estaba de guardia cuando han traído a su hermana a urgencias.
– ¿Cómo se encuentra? -preguntó Slade nervioso. Sus ojos se estrecharon un poco al mirarla y ella se dio cuenta de que el proceso de reconocimiento había comenzado, aunque le llevaría un poco de tiempo. Habían pasado años desde que lo había visto por última vez, su nombre ya no era el de antes, y había docenas de mujeres entre las que tendría que recordarla.
Pero ahora no tenía tiempo para eso. Su trabajo consistía en disipar sus miedos a la vez que les explicaba el estado en que se encontraba Randi.
– La operación ha ido bien, pero su hermana se encontraba en muy mal estado cuando la trajeron, en coma, pero de parto. La doctora Oliverio atendió el parto de su sobrino y parece estar sano, aunque un pediatra le hará un examen completo. El pronóstico de Randi parece bueno, a menos que se produzcan complicaciones imprevistas, pero ha sobrevivido a un traumatismo increíble.
Mientras los hermanos escuchaban atentamente, Nicole les describía las lesiones de Randi: conmoción cerebral, pulmón perforado, costillas rotas, mandíbula fracturada, fémur prácticamente destrozado… la lista era larga y de gravedad. La preocupación se reflejaba en los rostros de ambos hermanos, y unas nubes de tormenta se concentraron en sus ojos. Nicole les explicó los procedimientos que se habían empleado para reparar los daños, utilizando para ello los términos más sencillos posibles. La oscura piel de Matt palideció ligeramente y hubo un momento en que su rostro se estremeció, mientras miraba por la ventana y mordía la cucharita de plástico hasta dejarla tan fina como un pergamino. Por otro lado, el hermano pequeño, Slade, la miraba directamente a la cara, con la mandíbula tensa y parpadeando muy de vez en cuando.
Cuando terminó, Slade dejó escapar un suave soplido.
– Maldita sea.
Matt se frotó la escasa barba que le cubría la barbilla y la miró.
