
Randi, aún en recuperación, no estaba todavía fuera de peligro, y pasaría un tiempo hasta que lo estuviera. En estado comatoso y luchando por su vida, pasaría gran parte de la siguiente semana monitorizada en la UCI, donde vigilarían sus constantes vitales las veinticuatro horas del día.
La buena noticia era que el bebé, un robusto niño, había sobrevivido al accidente y a un rápido parto por cesárea.
Sudorosa y forzando una sonrisa que no sentía, Nicole se puso su bata blanca y empujó las puertas que daban a la sala de espera donde dos de los hermanos de Randi se encontraban sentados, hojeando unas revistas y con sus tazas de café ignoradas en una mesa rinconera. Los dos eran altos y desgarbados, hombres guapos con rasgos fuertes, ojos expresivos y la preocupación escrita en sus caras.
Tras alzar la vista cuando se abrieron las puertas, soltaron las revistas y se levantaron apresuradamente.
– ¿Señor McCafferty? -preguntó, aunque los había visto al instante.
– Soy Matt -dijo el más alto como si no la reconociera. Y tal vez era mejor así, que la situación fuera lo más profesional posible. Con algo más de metro ochenta, ojos marrones oscuros y el pelo casi negro, Matt llevaba unos pantalones vaqueros y una camisa de cuadros muy al estilo del oeste, con las mangas remangadas. Unas botas de vaquero le cubrían los pies y de una de las comisuras del labio le salía una cucharita de café de plástico mordisqueada.
– Este es mi hermano, Slade.
Una vez más, ninguna muestra de reconocimiento por parte de Slade, el más pequeño de los hermanos McCafferty, el más alborotador. Era un poco más bajo que Matt, una fina cicatriz le bajaba por un lado de la cara, de rasgos duros, y sus ojos eran profundos y asombrosamente azules. Llevaba una camisa de franela, unos vaqueros descoloridos y unas zapatillas de deporte viejas. Se movió nerviosamente, cambiando de un pie a otro.
