– ¿Qué intentas decir? -le preguntó.

– Tengo que saber que la gente que hay aquí, los médicos que le han sido asignados a Randi, son los mejores del país… o si hace falta, del mundo entero.

«Bastardo rico y engreído».

– Eso es lo que todo el mundo quiere para sus seres queridos, Thorne.

– La diferencia es -dijo- que yo puedo permitírmelo.

Se le cayó el alma a los pies. ¿Por qué le había parecido ver algo de ternura en sus ojos? Estúpida. Estúpida mujer idealista.

– Soy un buen médico, Thorne, y también lo son el resto de los que están aquí. Este hospital ha ganado premios, es pequeño, pero atrae a los mejores. Eso puedo asegurártelo personalmente. Médicos que han ejercido en ciudades importantes desde Atlanta a Seattle, Nueva York o Los Angeles, han acabado aquí porque estaban cansados de esa carrera de ratas… -dejó que las palabras quedaran claras y después deseó haberse mordido la lengua. Thorne podía pensar lo que le diera la gana.

»Vamos dentro. Ahora recuerda mostrarte positivo y, cuando te diga que se ha acabado el tiempo, no discutas. Márchate y punto. Puedes volver a verla mañana -esperó, pero él ni respondió ni protestó, simplemente se quedó apretando los dientes con una excesiva fuerza.

»¿Entendido? -preguntó ella.

– Entendido.

– Entonces nos llevaremos bien -dijo, aunque no lo creyó ni por un minuto. Había cosas que nunca cambiaban y Thorne McCafferty y ella eran como el aceite y el agua, nunca se mezclarían, nunca estarían de acuerdo.

Pulsó un botón y puso la cara contra la ventana para que una enfermera que estaba dentro pudiera verla. Después, esperó hasta que los dejaron pasar. Mientras las puertas eléctricas se abrían, sintió la mirada de Thorne posada en su nuca. Sin decir nada, la siguió y ella se preguntó hasta cuándo obedecería las normas del hospital y del médico.



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