
La respuesta, sabía, era sencillísima.
No lo haría durante mucho tiempo.
Thorne McCafferty no había cambiado. Era la clase de hombre que jugaba según sus propias reglas.
Dos
¡No, ésa no podía ser Randi! Thorne bajó la vista hacia la pequeña figura inmóvil tendida sobre la cama y se sintió mareado, débil. Tubos y cables salían de su cuerpo y lo conectaban a unos monitores y a máquinas con indicadores y lecturas digitales que no entendía. Tenía la cabeza envuelta en una venda, el cuerpo cubierto con sábanas esterilizadas, una pierna alzada y rodeada parcialmente por un yeso. Las partes de cara que podía verle estaban magulladas e hinchadas.
Se le hizo un nudo en la garganta al verse allí, de pie, en ese diminuto cubículo delimitado por cortinas que se abrían a los pies de la cama y que daba al mostrador de las enfermeras. Cerró los puños con impotencia y una silenciosa furia ardió en su alma. ¿Cómo podía haber pasado algo así? ¿Qué estaba haciendo en Glacier Park? ¿Por qué su coche se había salido de la carretera?
El monitor del corazón pitaba suavemente y de forma constante, aunque eso no le reconfortaba al ver a esa extraña tendida en la cama que se suponía que era su hermanastra. Decenas de recuerdos le recorrieron la mente y aunque en un tiempo, cuando ella nació, había sentido envidia y rencor hacia la única hija de su padre, en el fondo siempre la había querido.
Randi había sido tan extrovertida y vital… Sus ojos brillaban cuando hacía alguna travesura, su risa era contagiosa, una niña que mostraba sus sentimientos. Sin ninguna malicia y creyendo que tenía todo el derecho a ser el ojito derecho de su padre, Randi Penelope McCafferty había arrasado en la vida. Del mismo modo, se había colado en el corazón de cualquiera con quien se había topado, incluyendo a sus renuentes y malvados hermanastros que habían jurado despreciar al bebé que, según veían sus jóvenes ojos, era la razón por la que sus padres se habían separado de una forma tan amarga.
