
A ambos lados del coche iba dejando campos oscurecidos por la noche. Los limpiaparabrisas apartaban el aguanieve a medida que la mandíbula de Thorne se iba tensando más y más. ¿Qué demonios había sucedido? ¿Por qué estaba Randi en Montana si trabajaba en Seattle? ¿Qué había estado haciendo en Glacier Park? ¿Cómo de grave era su estado? ¿De verdad su vida corría peligro? Algo de lo que le había dicho Slade se le clavó en el cerebro. ¿No le había dicho su hermano algo sobre que Randi estaba embarazada? Imposible. No hacía ni seis meses que la había visto. Estaba soltera, ni siquiera tenía novio formal. ¿O sí? ¿Qué sabía en realidad sobre su hermanastra?
No mucho.
La culpabilidad lo invadió. «Deberías haber mantenido el contacto. Eres el mayor. Era tu responsabilidad. No fue culpa suya que su madre sedujera a tu padre hace veinticinco años y que rompiera el primer matrimonio de Randall. No fue culpa suya que tú estuvieras demasiado ocupado con tu propia vida».
Decenas de preguntas le ardían en la conciencia mientras veía las luces de la ciudad brillando en la distancia.
Muy pronto tendría las respuestas.
Si es que Randi sobrevivía.
Apretó con fuerza el volante y de pronto se vio rezando a un Dios del que, desde hacía mucho tiempo, pensaba que lo había ignorado.
Thorne McCafferty.
La última persona en la tierra con la que Nicole quería tratar. Pero, sin duda estaría allí. Mientras se quitaba los guantes, se obligó a animarse. Él no era más que otro familiar preocupado de una paciente. Nada más.
Sin embargo, a Nicole no le gustaba la idea de verlo otra vez. Había demasiadas heridas abiertas, demasiado dolor del que nunca había llegado a recuperarse, demasiadas emociones que había encerrado años atrás. Cuando se había mudado allí tras su divorcio, se había dado cuenta de que no podría evitar a Thorne para siempre. Grand Hope, a pesar de su reciente crecimiento, seguía siendo una ciudad pequeña y John Randall McCafferty había sido uno de sus ciudadanos más destacados. Sus hijos habían crecido allí.
