
Así que tendría que volver a ver a Thorne. Era cuestión de tiempo. Por desgracia, la situación, con su hermana debatiéndose entre la vida y la muerte, no era la mejor de las circunstancias.
Nicole se metió el estetoscopio en el bolsillo y se rodeó con los brazos. No sólo tendría que volver a ver a Thorne, sino también a los otros hermanos afligidos de Randi McCafferty, que había conocido mucho tiempo atrás, cuando había salido con su hermano mayor. Sin embargo, el tiempo que había pasado con Thorne había sido corto. Intenso e inolvidable, pero por fortuna, breve. Sus hermanos pequeños, que en aquel momento habían estado ensimismados en sus propias vidas, no se acordarían de ella.
«No te creas. Al tratarse de mujeres, los hombres McCafferty eran casi legendarios en sus conquistas. Conocían a todas las chicas de la ciudad».
Otra dolorosa herida abierta porque Nicole había tenido que enfrentarse al hecho de no haber sido más que otra de las conquistas de Thorne McCafferty, sólo otro agujero más en su cinturón. Una pobre chica tímida y estudiosa que, durante un breve tiempo en un verano, le había llamado la atención.
Una forma de pensar muy antigua, pero terriblemente cierta.
Por una ventana alta vio el movimiento de las grises nubes de tormenta que reflejaban sus propios pensamientos sombríos. Aunque sólo era octubre, la predicción del tiempo había estado anunciando nieve.
Llevaba todo el día en urgencias y casi había terminado su guardia cuando habían trasladado hasta allí a Randi McCafferty.
Le dolían los pies, sentía que la cabeza iba a estallarle y pensar en una ducha le parecía el paraíso: una ducha, una copa de Chardonnay frío, el crepitar del fuego en la chimenea y las gemelas acurrucadas con ella bajo el edredón en su mecedora favorita mientras les leía un cuento. No pudo evitar sonreír. «Luego», se recordó. Primero tenía un asunto importante que atender.
