F apagó el televisor con la mano enguantada y regresó a la mesita situada frente a la ventana. A sus espaldas, Miguel Valera tosió y cambió de posición en el sofá. F lo miró y luego echó un vistazo por la ventana. La policía había montado barreras para evitar que la muchedumbre entrase en la zona adoquinada frente a la basílica y, en ese momento, agentes a caballo tomaban posiciones a ambos lados de la puerta central de bronce. Detrás de ellos, a la izquierda, fuera del campo visual del gentío, F distinguía una docena de furgonetas de color azul oscuro. Delante había un contingente de policías antidisturbios que, aunque tampoco resultaban visibles para la multitud, estaban listos para actuar en caso de necesidad. De improviso, cuatro automóviles Lancia de color oscuro, vehículos camuflados de la Polizia di Stato, la unidad policial que protegía al Papa y a sus cardenales fuera del Vaticano, se situaron al pie de los escalones de la basílica, a la espera del pontífice y sus cardenales para llevarlos de regreso a la Santa Sede.

De pronto, las puertas de bronce se abrieron de par en par y se oyó un gran clamor. Al mismo tiempo, todas las campanas de Roma empezaron a repicar al unísono. Por unos instantes, nada ocurrió. Después, por encima de los estruendosos tañidos, F oyó un segundo clamor y vio aparecer al Papa, cuya blanca sotana destacaba con claridad en el mar encarnado de sus hombres de confianza. El grupo iba escoltado muy de cerca por agentes de seguridad con trajes negros y gafas de sol.

Valera gimió, parpadeó e intentó darse la vuelta. F lo observó, pero sólo por un momento. Luego se volvió y levantó un objeto envuelto en una toalla de baño común y corriente. Lo colocó sobre la mesa, retiró la toalla y acercó el ojo a la mira telescópica de un rifle finlandés. De inmediato, su visión de la basílica se amplió cien veces. En el mismo instante, el cardenal Palestrina dio un paso adelante y entró de lleno en el campo visual del teleobjetivo, con el punto de mira situado justo sobre su amplia sonrisa. F aspiró profundamente y contuvo la respiración, dejando que su dedo índice enguantado se acomodara al gatillo.



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