
Con un movimiento brusco, Palestrina se echó a un lado, y el punto de mira del rifle quedó situado sobre el pecho del cardenal Marsciano. F oyó a Valera gruñir a sus espaldas. Haciendo caso omiso, desplazó el rifle hacia la izquierda a través de una mancha de rojo cardenalicio, hasta hallar el blanco de la sotana de León XIV. Unas milésimas de segundo más tarde, el punto de mira se detuvo entre sus ojos, ligeramente por encima del tabique nasal.
Detrás de él, Valera gritó algo. Una vez más, F no prestó atención. Su dedo se afianzó al gatillo en el momento en que el Papa dio un paso al frente, por delante de un agente de seguridad, sonriendo y saludando a la multitud. Luego, de golpe, F desplazó el rifle hacia la derecha, situando el punto de mira sobre la cruz de oro de Rosario Parma, cardenal vicario de Roma. Inexpresivo, F se limitó a apretar el gatillo tres veces en rápida sucesión, haciendo vibrar la habitación con los estampidos de los disparos y, doscientos metros más allá, salpicando al papa León XIV, Giacomo Pecci, y a quienes lo rodeaban con la sangre de un hombre de confianza.
UNO
Los Ángeles, jueves 2 de julio, 21 hLa voz del contestador automático parecía aterrorizada.
«Harry, soy yo, tu hermano, Danny… No… no quería llamarte en estas circunstancias…, después de tanto tiempo…, pero… no puedo hablar con nadie más… Estoy asustado, Harry… No sé qué hacer… ni… qué pasará. Que Dios me ayude. Si estás ahí, por favor, contesta… Harry, ¿estás ahí?… Supongo que no… Intentaré llamarte más tarde.»
– ¡Mierda!
Harry Addison colgó el teléfono del coche, al cabo de unos instantes volvió a levantarlo y pulsó el botón de rellamada. Oyó los tonos del marcado automático. Luego hubo un silencio, y a continuación sonaron los timbrazos espaciados del sistema telefónico italiano.
