
– Vamos, Danny, responde…
Después de la duodécima llamada, Harry volvió a colocar el auricular en su soporte y apartó la vista. Las luces del tráfico bailaban de forma hipnótica sobre su rostro, haciéndole olvidar que se encontraba en una limusina, dirigiéndose a toda prisa al aeropuerto para no perder el vuelo de las diez de la noche a Nueva York.
En Los Ángeles eran las nueve, las seis de la mañana en Roma. ¿Dónde podía estar un sacerdote a las seis de la mañana? ¿Rezando maitines? Tal vez por eso no respondía.
«Harry, soy tu hermano, Danny… Estoy asustado… No sé qué hacer… Que Dios me ayude.»
– Santo Dios.
Harry sintió impotencia y pánico al mismo tiempo. Ni una palabra, ni una nota en años, y de pronto la voz de Danny en su contestador, en medio de un alboroto. Y su tono no era normal, sino el de alguien en apuros.
Harry Addison había oído un crujido, como si Danny se dispusiera a colgar y, sin embargo, se hubiese acercado al auricular para dejar su número de teléfono y pedirle que por favor lo llamara si llegaba pronto. Para Harry Addison, pronto significaba hacía unos instantes, cuando escuchó los mensajes grabados en el contestador de su casa. Sin embargo, la llamada de Danny había entrado dos horas antes, poco después de las siete de la tarde, hora de California, pasadas las cuatro de la madrugada en Roma… ¿Qué diablos quería decir pronto para él a esa hora del día?
Harry levantó de nuevo el teléfono y marcó el número de su bufete en Beverly Hills. Se había celebrado una importante reunión de socios, era posible que aún hubiera alguien.
– Joyce, soy Harry. ¿Byron está todavía…?
– Acaba de marchar, señor Addison. ¿Quiere que intente localizarlo en su coche?
– Sí, por favor.
Harry oyó interferencias mientras la secretaria de Byron Willis lo llamaba al teléfono de su coche.
