
Ninguno de los dos vio nada.
Sam lanzó otra descarga a la botella que había originado el incendio y luego dejó el extintor en el suelo. Se inclinó, apoyando las manos en los muslos con la respiración entrecortada. El también empezó a toser. Al cabo de un segundo, se acuclilló sobre la botella.
– No la toques -le dije precipitadamente y su mano se paralizó en el aire.
– Claro que no -contestó, burlándose de sí mismo, y se incorporó -. ¿Pudiste ver quién la lanzó?
– No -admití. Éramos los únicos que quedábamos en el bar. El camión de bomberos cada vez estaba más cerca, así que sabía que apenas nos quedaba un minuto para hablar a solas-. Puede que hayan sido los mismos que se manifestaron en el aparcamiento, aunque no sabía que los de la congregación se divertían con bombas incendiarias. -No todo el mundo en la zona estaba contento con la confirmación de la existencia de criaturas como los hombres lobo y demás cambiantes después de la Gran Revelación, y la Inmaculada Palabra del Tabernáculo de Clarice había enviado a algunos de sus miembros para manifestarse delante del Merlotte’s de vez en cuando.
– Sookie -dijo Sam-. Lamento lo de tu pelo.
– ¿Qué le pasa? -pregunté, llevándome la mano a la cabeza. La conmoción empezaba a coger cuerpo.
– Se te ha chamuscado la punta de la coleta -dijo y se sentó de repente. No parecía mala idea.
– Así que eso era lo que olía tan mal -señalé, derrumbándome en el suelo, junto a él. Teníamos la espalda apoyada en la base de la barra, ya que los taburetes habían quedado esparcidos por todas partes en el frenesí previo. Se me había quemado el pelo. Noté cómo las lágrimas surcaban mis mejillas. Sabía que era una estupidez, pero no podía evitarlo.
Sam me cogió con fuerza de la mano, y aún estábamos así cuando los bomberos irrumpieron en el local. A pesar de que el Merlotte’s está fuera de los límites de la ciudad, recibimos servicio de los bomberos de la misma, aunque no de los voluntarios.
