– No creo que vayáis a necesitar la manguera -explicó Sam-. Creo que está apagado. -Estaba ansioso por evitarle más daños al bar.

Truman La Salle, el jefe del destacamento, dijo:

– ¿Necesitáis asistencia médica? -Pero su mirada decía otra cosa y sus palabras sonaban vacías.

– Estoy bien -contesté, tras mirar a Sam-, pero Jane está ahí fuera con un corte en la cabeza. ¿Sam?

– Creo que me he quemado un poco la mano derecha -indicó, apretando la boca como si acabara de percatarse del dolor. Me soltó para frotarse la mano y su respingo fue de lo más revelador.

– Tienes que curarte eso -aconsejé-. Las quemaduras duelen como el demonio.

– Sí, ya lo veo -dijo, cerrando los ojos con fuerza.

Bud Dearborn entró tan pronto como Truman gritó su visto bueno. El sheriff debía de estar acostado, porque su aspecto rezumaba improvisación y le faltaba el sombrero, una parte indispensable de su vestuario. El sheriff ya rondaría los cincuenta largos, y aparentaba cada minuto de todos ellos. Siempre me pareció un pekinés. Ahora parecía un pekinés gris. Se pasó varios minutos recorriendo el bar, cuidando donde pisaba, casi husmeando el desaguisado. Finalmente pareció satisfecho y se puso ante mí.

– ¿En qué os habéis metido ahora? -preguntó.

– Alguien ha lanzado una botella incendiaria por la ventana -dije-. Nada que ver conmigo. -Estaba demasiado conmocionada para mostrar enfado.

– ¿Iban a por ti, Sam? -inquirió el sheriff. Se alejó sin esperar una respuesta.

Sam se levantó trabajosamente y se volvió para tenderme su mano izquierda. La agarré y él tiró. Dado que Sam es más fuerte de lo que parece, me incorporé en un suspiro.

El tiempo se detuvo durante unos minutos. Tenía que pensar que quizá estuviese un poco conmocionada.



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