
Cuando el sheriff Dearborn completó su lento pero minucioso registro del bar, volvió con nosotros.
Para entonces, ya teníamos otro sheriff con el que lidiar.
Eric Northman, mi novio y sheriff vampiro de la Zona Cinco, que comprendía Bon Temps, atravesó la puerta tan deprisa que, para cuando Bud y Truman se dieron cuenta de su presencia, saltaron del susto y pensé que Bud desenfundaría su arma. Eric me agarró de los hombros y se inclinó para mirarme fijamente a la cara.
– ¿Estás herida? -exigió saber.
Sentí que su preocupación me permitía prescindir de mi máscara de entereza. Noté una lágrima deslizarse por mi mejilla. Sólo una.
– Se me ha prendido el delantal, pero creo que mis piernas están bien -dije, esforzándome al máximo para sonar tranquila-. Sólo he perdido un poco de pelo. No me ha ido tan mal. Bud, Truman, no recuerdo si conocéis a mi novio, Eric Northman, de Shreveport. -Había varios hechos dudosos en esa afirmación.
– ¿Cómo supo que había un problema aquí, señor Northman? -preguntó Truman.
– Sookie me llamó con su móvil -respondió Eric. Era mentira, pero no tenía ganas de explicar mi vínculo de sangre a un sheriff y a un jefe de bomberos, y Eric jamás revelaría esa información a unos humanos.
Una de las cosas más maravillosas y espantosas de que Eric me amase era que le importaba una mierda el resto del mundo. Le daban igual los desperfectos del bar, las quemaduras de Sam y la presencia de los bomberos y la policía (que no lo perdían de vista en ningún momento) que inspeccionaban el edificio.
Eric me rodeó para evaluar la situación. Al cabo de un largo instante, dijo:
– Voy a mirarte las piernas. Después encontraremos a un médico y a una esteticista. -Su voz era absolutamente fría y controlada, pero yo sabía que su ira era un volcán contenido. Lo noté gracias a nuestro vínculo, igual que él había sabido de mí peligro por mi miedo y malestar.
