
Eric estaba furioso, sin duda, pero también solía ser tranquilo y pragmático. Sabía que no había sufrido heridas serias. Alcé la mirada hacia sus ojos, desconcertada. Hacía un par de semanas que mi vikingo no era él mismo. Algo, aparte de la muerte de su creador, lo importunaba, pero no había reunido valor suficiente para preguntárselo. Había preferido dejarlo estar. Sólo quería disfrutar de la paz que habíamos compartido durante varias semanas.
Puede que hubiese sido un error. Algo importante lo acuciaba, y toda esa ira era un efecto.
– ¿Cómo has llegado tan rápido? -preguntó Bud a Eric.
– Vine volando -dijo Eric con naturalidad, y Bud y Truman intercambiaron miradas de desconcierto. Hacía mil años que Eric gozaba de esa habilidad, así que pasó por alto las reacciones de asombro. Estaba centrado en mí, los colmillos aún desplegados.
No había manera de que supieran que Eric había sentido mi pavor desde el momento que vi la figura en movimiento. No había tenido necesidad de llamarlo cuando terminó el incidente.
– Cuanto antes solucionemos esto – sugerí dejando al descubierto una lamentable sonrisa hacia él-, antes podremos irnos. -Intentaba, sin demasiada sutileza, enviarle un mensaje a Eric. Al fin se calmó un poco para coger mis indirectas.
– Por supuesto, querida -respondió-. Tienes toda la razón. -Pero su mano agarró la mía con excesiva fuerza y sus ojos adquirieron tal luminosidad que parecían dos linternas azules.
Bud y Truman quedaron sumamente aliviados. La tensión descendió varios grados. Vampiros igual a drama.
Mientras curaban la mano de Sam y Truman tomaba unas fotos de los restos de la botella incendiaria, Bud me preguntó lo que había visto.
– Vi fugazmente una figura en el aparcamiento que corría hacia el edificio y luego una botella atravesó la ventana -expliqué-. No sé quién la lanzó. Tras romperse la ventana, el fuego se extendió gracias a las servilletas que ardían. No me di cuenta de nada más que de la gente corriendo para salir y Sam intentando apagarlo.
