Pam y su acompañante salieron del vehículo. Iba con un joven que quizá tuviera los veintiuno, delgado hasta el borde de la demacración. Su pelo estaba teñido de azul y lucía un corte extremadamente geométrico, como si se hubiese puesto una caja en la cabeza, la hubiese ladeado y hubiese cortado el pelo que sobresalía. Todo lo que no entraba en el límite había quedado rapado.

Digamos que era llamativo.

Pam sonrió ante mi expresión, que rápidamente intenté convertir en acogedora. Pam era vampira desde que la reina Victoria ocupaba el trono de Inglaterra y era la mano derecha de Eric desde que la reclamara para sí en sus correrías en Estados Unidos. El era su creador.

– Hola -saludé al joven que entraba por mi puerta. Estaba muy nervioso. Me miró fugazmente, apartó la mirada, se centró en Eric y luego barrió la estancia como si intentase impregnarse de ella. Un fugaz destello de desprecio surcó su rostro lampiño tras repasar el desorden del salón, que nunca era gran cosa, ni siquiera cuando estaba ordenado.

Pam le dio una colleja.

– ¡Responde cuando te hablan, Immanuel! -restalló. Estaba un poco detrás de él, así que no hubo manera de que la viese cuando me guiñó un ojo.

– Hola, señorita -me saludó, dando un paso al frente. Arrugó la nariz.

– Apestas, Sookie -me dijo Pam.

– Es por el incendio -expliqué.

– Podrás contármelo luego -respondió, arqueando sus pálidas cejas-. Sookie, te presento a Immanuel Earnest -continuó-. Es peluquero en el Estilo de Muerte, de Shreveport. Es el hermano de mi amante, Miriam. – Aquello era mucha información en un par de frases. Me esforcé por asimilarla.

Eric contemplaba el peinado de Immanuel con fascinado desprecio.

– ¿Esto es lo que me traes para arreglarle el pelo a Sookie? -dijo a Pam. Tenía los labios apretados en una finísima línea. Sentía su escepticismo palpitar por el vínculo que nos unía.

– Miriam dice que es el mejor -señaló Pam, encogiéndose de hombros -. Hace ciento cincuenta años que no me corto el pelo. ¿Cómo voy a saberlo?



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