– ¡Míralo!

Empezaba a preocuparme. Incluso en aquellas circunstancias, el mal humor de Eric era excesivo.

– A mí me gustan sus tatuajes -dije-. Los colores son muy bonitos.

Aparte de su corte de pelo extremo, Immanuel estaba cubierto por unos tatuajes muy sofisticados. Nada de «AMOR DE MADRE» o «BETTY SUE», ni mujeres desnudas, sino unos diseños muy elaborados y coloridos que se extendían desde las muñecas hasta los hombros. Parecería que iba vestido aunque estuviese desnudo. El peluquero llevaba un estuche plano de cuero que se sacó de debajo del escuálido brazo.

– ¿Así que me vas a cortar las puntas chamuscadas? -pregunté, alegre.

– De tu pelo -indicó cuidadosamente. No estaba segura de necesitar esa puntualización. Me atravesó con la mirada y luego la bajó a sus pies-. ¿Tienes una banqueta alta?

– Sí, en la cocina -contesté. Cuando reconstruí mi cocina incendiada, por costumbre había comprado una banqueta alta, como la que mi abuela había usado para sentarse mientras hablaba por teléfono. El nuevo teléfono era inalámbrico, y no necesitaba quedarme en la cocina cuando lo usaba, pero la encimera no parecía completa sin una banqueta al lado.

Mis tres invitados me siguieron y yo arrastré la banqueta hasta el centro de la estancia. Apenas quedó espacio para todos cuando Eric y Pam se sentaron al otro extremo de la mesa. Eric atravesaba a Immanuel con mirada ominosa, mientras que Pam simplemente aguardaba para entretenerse con nuestra agitación emocional.

Me subí a la banqueta y me obligué a sentarme con la espalda recta. Las piernas me escocían, los ojos me lloraban y la garganta me dolía. Pero me obligué a sonreír a mi peluquero. Immanuel estaba muy nervioso. No es lo más aconsejable en alguien que va a manejar unas tijeras afiladas cerca de tu cara.

Me quitó la goma que me sujetaba la coleta. Se produjo un profundo silencio mientras evaluaba los daños. No emitía pensamientos positivos. Mi vanidad se adueñó de mis palabras.



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