– Casi he terminado -murmuró Immanuel, sus tijeras atacando el pelo con frenesí en respuesta a la creciente tensión.

– Pam, todo eso ha salido de mi desván -expliqué, feliz de poder hablar de algo tan mundano y tranquilizador (o al menos eso esperaba) -. Claude y Dermot me están ayudando a limpiar. Iré a ver a una vendedora de antigüedades con Sam por la mañana… Bueno, pensábamos ir. Ahora no sé si Sam podrá.

– ¡Lo ves! -le dijo Pam a Eric -. Vive con otros hombres. Se va de compras con otros hombres. ¿Qué clase de marido eres?

Eric se lanzó sobre la mesa, aferrando el cuello de Pam entre las manos.

Un segundo después, los dos rodaban por el suelo en un serio intento de hacerse daño. No estaba segura de que Pam pudiera hacer movimientos que pudiesen inquietar a Eric, dado que era su vampira convertida, pero lo cierto era que se defendía vigorosamente; ahí se dibuja una fina línea.

No pude zafarme de la banqueta lo bastante rápido como para evitar daños colaterales. Era inevitable que acabasen chocando contra la banqueta, y por supuesto eso hicieron. También caí al suelo, golpeándome el hombro con la encimera de paso. Immanuel tuvo el acierto de dar un salto hacia atrás sin soltar las tijeras, una bendición para todos. Uno de los vampiros podría haberlas cogido para usarlas como arma, o, peor aún, podrían haber acabado clavadas en alguna parte de mi cuerpo.

La mano de Immanuel me agarró del brazo con sorprendente fuerza y tiró de mí. Nos arrastramos como pudimos fuera de la cocina, hacia el salón. Permanecimos en medio de la estancia atestada, jadeando, observando atentamente el pasillo por si la pelea nos seguía.

Se oían golpes y choques, así como un persistente zumbido que identifiqué con gruñidos.



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