
– Podríamos amontonarlo todo en el jardín y quemarlo -sugirió Claude. No bromeaba. Su sentido del humor era extraño en el mejor de los casos, diminuto el resto de las veces.
– ¡No! -protesté con toda la irritación que sentía-. Sé que estas cosas no son valiosas, pero si otros Stackhouse pensaron que merecía la pena guardarlas, al menos les debemos la cortesía de repasarlas.
– Queridísima sobrina nieta -dijo Dermot-, me temo que Claude lleva razón. Decir que estos desechos «no son valiosos» es hacerles demasiado favor. -Cuando oyes hablar a Dermot, te das cuenta enseguida de que su similitud con Jason se queda en la superficie.
Miré a los hadas masculinos con furia.
– Claro, se me había olvidado que para vosotros dos la mayor parte de este mundo es basura, pero para los humanos puede haber cosas de valor -declaré-. Podría llamar al teatro de Shreveport para ver si necesitan ropa o muebles.
Claude se encogió de hombros.
– Así nos deshacemos de una parte -dijo-. Pero la mayoría de las prendas no valen ni para trapos. -Habíamos empezado a poner cajas en el porche cuando el salón se hizo intransitable y le dio unos golpecitos con el pie a una de ellas. La etiqueta indicaba que el contenido eran cortinas, pero apenas era capaz de imaginar cuál sería su aspecto original.
– Tienes razón -admití. Tomé un poco de impulso con los pies y me balanceé durante un minuto. Dermot entró en la casa y salió con un vaso de té de melocotón con un montón de hielo. Me lo tendió en silencio. Se lo agradecí y contemplé tristemente las cosas que alguien atesoró alguna vez-. Está bien, haremos una hoguera -concluí, cediendo al sentido común-. ¿Lo hacemos donde suelo quemar las hojas?
