
Dermot y Claude me atravesaron con la mirada.
– Está bien, lo haremos aquí, sobre la grava -dije. La última vez que renové la grava del camino privado, incluí la zona de aparcamiento, rodeada de maderos decorativos-. Tampoco recibo tantas visitas.
Cuando Dermot y Claude lo dejaron para ducharse y cambiarse para ir al trabajo, la zona de aparcamiento contenía un sustancioso montón de objetos inútiles a la espera de una antorcha. Las mujeres de la familia habían almacenado innumerables juegos de sábanas y colchas, y la mayoría se encontraban en la misma condición deplorable que las cortinas. Para mi profundo pesar, muchos de los libros estaban enmohecidos y habían sido víctimas de los roedores. Los añadí a la pila con un suspiro, a pesar de que la mera idea de quemar libros me ponía enferma. Pero el mobiliario roto, los paraguas carcomidos, las alfombrillas sucias, una vieja maleta de cuero con agujeros…, nadie volvería a necesitar esos objetos.
Las fotografías que habíamos rescatado, enmarcadas, en álbumes o sueltas, quedaron depositadas en una caja, en el salón. Metimos los documentos en otra caja. También encontré algunas muñecas viejas. Por la televisión, sabía que algunas personas coleccionaban ese tipo de muñecas, así que quizá ésas valieran algo. También había algunas armas antiguas y una espada. ¿Dónde está Antiques Roadshow [1] cuando se lo necesita?
Esa tarde, en el Merlotte’s, le conté a mi jefe, Sam, el día que había tenido. Sam, un hombre compacto, pero en realidad muy fuerte, estaba desempolvando las botellas tras la barra. Esa noche no había mucha clientela. De hecho, el negocio había flaqueado durante las últimas semanas. No sabía si el bajón se debía a la planta de procesamiento de pollos que había cerrado o al hecho de que Sam fuese un cambiante (los cambiantes habían intentado emular la provechosa transición de los vampiros, pero no les había ido tan bien).
