
Mierda que gustaba a la gente. Mierda que animaba a consumir.
Fuesen cuales fuesen las razones, Sam y yo tuvimos mucho tiempo para hablar de desvanes y antigüedades.
– Hay en Shreveport una tienda llamada Splendide -dijo Sam-. Los dos dueños son coleccionistas. Podrías llamarlos.
– ¿De qué los conoces? -Vale, quizá no había ido con todo el tacto aconsejable.
– Bueno, sé más cosas, aparte de atender un bar -me respondió Sam, mirándome de soslayo.
Rellené una jarra de cerveza para una de mis mesas. Al volver, continué:
– Ya sé que sabes de muchas cosas. Sólo me preguntaba cómo has ido a dar con las antigüedades.
– En realidad no he dado con ellas. Pero Jannalynn sí. Splendide es su tienda favorita.
Parpadeé procurando no parecer tan desconcertada como me sentía. Jannalynn Hopper, que llevaba semanas saliendo con Sam, tan feroz que había sido nombrada lugarteniente de la manada del Colmillo Largo, a pesar de sus veintiún años y no medir más que una colegiala. Resultaba complicado imaginar a Jannalynn restaurando una antigua foto o intentando encajar un antiguo aparador colonial en su casa de Shreveport. Pensándolo bien, no tenía ni idea de dónde vivía. ¿Viviría en una casa como todo el mundo?
– Jamás lo habría imaginado -dije, forzando la sonrisa. Personalmente opinaba que Jannalynn no era digna de Sam.
Por supuesto, me reservé mi opinión. Invernaderos, piedras, ya se sabe. Yo salía con un vampiro cuya lista negra superaba a buen seguro la de Jannalynn, ya que Eric superaba los mil años. En uno de esos terribles momentos que sobrevienen de vez en cuando, me di cuenta de que todos los hombres con los que había salido, si bien escasos en número, eran unos asesinos.
