
Yo también lo era.
Tuve que sacudirme esos pensamientos o acabaría presa de la melancolía toda la tarde.
– ¿Me puedes dar un nombre y el número de la tienda? – Ojalá aceptasen desplazarse a Bon Temps. Me veía alquilando una furgoneta para llevar todo el contenido de mi desván a Shreveport.
– Sí, lo tengo en el despacho -dijo Sam-. Hace poco hablé con Brenda, la dueña de la mitad del negocio, sobre comprar algo especial por el cumpleaños de Jannalynn. Está al caer. Se llama Brenda, Brenda Hesterman. Me llamó esta mañana para decirme que tiene algunas cosas para que les eche un vistazo.
– ¿Crees que podríamos ir mañana? -sugerí-. Tengo el salón desbordado de cosas y algunas cajas las he tenido que sacar al porche. No hará buen tiempo siempre.
– ¿Crees que Jason se quedará con algo? -preguntó Sam comedidamente-. Vamos, entiendo que son cosas familiares.
– El mes pasado se quedó con una mesa camilla -dije -. Pero supongo que debería preguntarle. -Medité al respecto. La casa y sus contenidos eran míos, ya que la abuela me había legado la propiedad. Hmmm. Bueno, lo primero es lo primero -. Veamos si la señora Hesterman quiere echar un vistazo. Si hay algo de valor, puede que lo piense.
– Vale -dijo Sam-. Suena bien. ¿Paso a recogerte a las diez?
Era un poco temprano para estar lista, ya que hoy me tocaba el turno de noche, pero accedí.
Sam parecía satisfecho.
– Puedes darme tu opinión sobre lo que me enseñe Brenda. Me vendrá bien contar con una opinión femenina. – Se pasó los dedos por el pelo que, como de costumbre, era un desastre. Hace meses, se lo cortó mucho y ahora estaba en una extraña etapa de crecimiento y vuelta a su ser. Tiene un color bonito, una especie de rubio con toques de fresa, pero como es rizado parecía costarle adoptar una dirección concreta. Reprimí la tentación de sacar un peine y arreglar ese desastre. Son cosas que una empleada no puede hacer con la cabeza de su jefe.
