
Kennedy Keyes y Danny Prideaux, que trabajaban para Sam a media jornada como sustituía en la barra y portero respectivamente, entraron y se sentaron en sendos taburetes vacíos. Kennedy es preciosa. Acabó finalista en el concurso de Miss Luisiana hace algunos años y no ha perdido su atractivo de reina de la belleza. Su pelo es castaño, denso y brillante, con unas puntas que nunca se abren. Se maquilla meticulosamente. Se hace la manicura y la pedicura regularmente. No se compraría la ropa en el Wal-Mart aunque su vida dependiese de ello.
Años atrás, su futuro, que debería haber incluido un matrimonio en un club de campo del condado de al lado y una cuantiosa herencia, se descarriló cuando cumplió una condena por homicidio involuntario.
Al igual que casi todos mis conocidos, opinaba que el novio se lo merecía, especialmente después de ver las fotos de medio cuerpo de ella, con los cardenales negros y azules surcándole toda la cara. Si bien confesó haberle disparado cuando llamó al 911, la familia de Kennedy gozaba de cierta influencia y le ahorró la condena a muerte. Consiguió una condena leve y una reducción por buen comportamiento tras pasar una temporada enseñando modales y buenas costumbres de aseo a sus compañeras de reclusión. Poco a poco, Kennedy cumplió la condena. Al salir libre, alquiló un pequeño apartamento en Bon Temps, donde vivía su tía, Marcia Albanese. Sam le ofreció el puesto al poco de conocerla y ella lo aceptó en el acto.
– Hola, tío -dijo Danny a Sam-. ¿Nos pones dos mojitos?
Sam sacó la menta de la nevera y se puso a preparar la bebida. Le pasé unas rodajas de lima cuando las copas estuvieron casi listas.
– ¿Qué plan tenéis esta noche? -les pregunté -. Kennedy, estás preciosa.
