– ¡He conseguido perder cinco kilos! -dijo. Cuando Sam les sirvió las bebidas, escenificó un brindis hacia Danny-. ¡Por mi antigua figura! ¡Ojalá que pronto la recupere!

Danny sacudió la cabeza y exclamó:

– ¡Eh! No te hace falta hacer nada para estar preciosa. -Tuve que dejarlos solos para no ponerme sentimental. Danny era un tipo duro que no podía haber nacido en un entorno más diferente que el de Kennedy (la única experiencia que habían tenido en común era la cárcel), pero vaya, estaba coladito por ella. Percibía su amor desde donde estaba. No hacía falta ser telépata para notar la devoción de Danny.

Todavía no habíamos corrido las cortinas de la ventana delantera, y cuando me di cuenta de que había oscurecido, me dispuse a ello. A pesar de observar el oscuro aparcamiento desde el luminoso bar, había algunas luces en el exterior y noté que algo se movía, y era muy rápido. Venía hacia el bar. Apenas tuve un segundo para extrañarme y entonces atisbé una llama.

– ¡Al suelo! -grité, pero la palabra no había terminado de salir de mi boca cuando una botella incendiaria rompió el cristal y se estrelló sobre una mesa vacía, rompiendo el servilletero y arrojando el salero y el pimentero. Las servilletas empezaron a arder en el punto de impacto y volaron hacia el suelo, las sillas y las personas. La propia mesa se convirtió en una bola de fuego casi instantáneamente.

Danny reaccionó más rápido de lo que jamás había visto a un ser humano. Arrancó a Kennedy del taburete, levantó la portezuela de la barra y la cobijó debajo. Se produjo un efímero atasco cuando Sam, que se movía aún más rápido, se hizo con el extintor de la pared e intentó saltar la barra para rociar el foco del incendio.

Sentí que el corazón se me desbocaba y comprobé que una de las servilletas había prendido mi delantal. Me avergüenza admitir que empecé a chillar. Sam se giró para rociarme con el extintor y volvió a centrarse en las llamas.



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