
Miranda volvió a asentir. Hacía un día anormalmente cálido para ser marzo.
– Puedes coger el pony de Olivia. Estoy segura de que no le importará.
– Livvy no tiene un pony -dijo Miranda, encontrando por fin la voz-. Ahora tiene una yegua. Yo también tengo una en casa. No somos bebés, ¿sabes?
Turner contuvo una sonrisa.
– No, ya veo que no. Qué tonto por mi parte. No estaba pensando.
Unos pocos minutos después, los caballos estaban ensillados, y se pusieron en marcha hacia el camino de quince minutos hasta la casa de los Cheever. Miranda permaneció en silencio el primer minuto o así, demasiado perfectamente feliz para estropear el momento con palabras.
– ¿Lo pasaste bien en la fiesta? -preguntó finalmente Turner.
– Oh, sí. La mayor parte fue encantadora.
– ¿La mayor parte?
La vio hacer una mueca. Era obvio que se arrepentía de haber dicho demasiado.
– Bueno -dijo con lentitud, capturando el labio entre los dientes y luego soltándolo antes de continuar-, una de las chicas me dijo algunas cosas desagradables.
– ¿Sí? -Sabía que no debía ser demasiado curioso.
Y obviamente, estaba en lo cierto, porque cuando Miranda habló, le recordó un poco a su hermana, mirándolo con ojos francos mientras las palabras salían con firmeza de su boca.
– Fue Fiona Bennet -dijo, con gran aversión-, y Olivia la llamó estúpida, y debo decir que no siento que lo hiciera.
Turner mantuvo la expresión apropiadamente grave.
– Yo tampoco, si Fiona dijo cosas desagradables de ti.
– Sé que no soy bonita -soltó Miranda-. Pero es indeciblemente descortés decirlo, sin mencionar que es manifiestamente malvado.
Turner la miró durante un largo rato, no del todo seguro de cómo consolar a la pequeña. No era hermosa, eso era verdad, y si intentaba decirle que lo era, ella no le creería. Pero no era fea. Simplemente era… un poco… poco elegante.
