– ¿Y cuál escogerías tú?

– No estoy segura, pero no sería Miranda. Algo más sencillo, creo. La gente espera cosas diferentes de una Miranda y casi siempre los decepciono cuando me conocen.

– Tonterías -dijo Turner enérgicamente-. Eres una Miranda perfecta.

Ella sonrió radiante.

– Gracias, Turner. ¿Puedo llamarte así?

– Por supuesto. Y no lo elegí yo, me temo. Es sólo un título de cortesía. Vizconde Turner. Lo he estado usando en lugar de Nigel desde que fui a Eton.

– Oh. Creo que te pega bien.

– Gracias -dijo él gravemente, completamente hechizado por aquella seria niña-. Ahora, dame de nuevo la mano, y nos podremos en camino.

Él había levantado la mano para ella. Miranda rápidamente cambió la cinta de la mano derecha a la izquierda.

– ¿Qué es eso?

– ¿Esto? Oh, una cinta para el pelo. Fiona Bennet le regaló dos docenas a Olivia, y Olivia dijo que podía quedarme con una.

Los ojos de Turner se entrecerraron ligeramente cuando recordó las últimas palabras de Olivia. No te preocupes por lo que lo dijo Fiona. Él le quitó la cinta de la mano.

– Las cintas pertenecen al cabello, creo.

– Oh, pero no me pega con el vestido -dijo Miranda en una débil protesta. Él ya la había trabado en lo alto de su cabeza-. ¿Qué tal se ve? -susurró ella.

– Bárbara.

– ¿De verdad? – agrandó los ojos dudosa.

– En serio. Siempre he pensado que las cintas violetas lucen especialmente bien con el pelo castaño.

Miranda se enamoró allí mismo. El sentimiento fue tan intenso que casi olvidó darle las gracias por el cumplido.

– ¿Nos vamos? -dijo él.

Ella asintió, sin confiar en su voz.

Salieron de la casa y fueron a los establos.

– Creo que tendremos que ir a caballo -dijo Turner-. Hace un día demasiado bueno para ir en carruaje.



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