– Cógelo, por favor.

Él le soltó la mano a Grace, de mala gana, pasando una última vez los dedos por su piel. Cuando alargó la mano, ella vio que el objeto que le pasaba la viuda era un retrato en miniatura, el de su segundo hijo, muerto hacía muchísimo tiempo.

Conocía ese retrato; la duquesa lo llevaba con ella a todas partes.

– ¿Conoces a este hombre? -preguntó la duquesa en un susurro.

El bandolero miró el diminuto retrato y negó con la cabeza.

– Míralo con más atención.

Pero él volvió a negar con la cabeza, intentando devolvérselo.

– Podría valer algo -dijo uno de los hombres que lo acompañaban.

Él negó con la cabeza y miró fijamente a la viuda.

– Para mí nunca será tan valioso como lo es para usted.

– ¡No! ¡Míralo! -exclamó la viuda, sin coger el retrato-. Te lo ruego, míralo. Sus ojos, su barbilla, su boca. Son los tuyos.

Grace retuvo el aliento.

– Lo siento -dijo el bandolero amablemente-. Está equivocada.

Pero ella no se dejó disuadir.

– Tu voz es la de él -insistió-. Tu tono, tu humor son los de él. Lo sé. Lo sé tal como sé respirar. Era mi hijo. Mi hijo.

– Señora -intervino Grace, rodeándola con un brazo en gesto maternal; normalmente la viuda no habría permitido un contacto tan íntimo, pero esa noche no había nada normal en ella-. Señora, está oscuro. Él lleva máscara. No puede ser él.

– Por supuesto que no es él -ladró ella, apartándola de un violento empujón.

Avanzó hacia el bandolero y Grace casi se cayó de terror al ver que todos los hombres la apuntaron con sus pistolas.

– ¡No le hagáis daño! -gritó.

Pero su súplica era innecesaria. La viuda ya le había cogido la mano libre al bandolero y se la tenía cogida como si fuera su único medio de salvación.

– Este es mi hijo -dijo, sosteniendo el retrato en miniatura en su mano temblorosa-. Se llamaba John Cavendish y murió hace veintinueve años.



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