Sentía su olor, sentía su aliento en la nuca, cálido y suave. Entonces él hizo algo de lo más increíble; acercando los labios a su oreja, musitó:

– Ella no debería haber hecho esto.

Su voz sonó… amable, casi compasiva; y severa, como si no aprobara el modo de tratarla de la viuda.

– No estoy acostumbrado a sostener así a una mujer -continuó él, en su oído-. Por lo general prefiero otro tipo de intimidad, ¿usted no?

Grace guardó silencio, temerosa de hablar, temerosa de que si intentaba hablar no le saliera la voz.

– No le voy a hacer daño -musitó él, tocándole la oreja con los labios.

Ella bajó la mirada a la pistola, que él seguía teniendo en la mano derecha. La pistola se veía peligrosa y él la tenía apoyada en el muslo de ella.

– Todos tenemos nuestra armadura -musitó él.

Cambió de posición, situándose más a un lado de ella, y de pronto le cogió el mentón con la mano libre; le pasó un dedo por los labios y entonces se inclinó y la besó.

Grace lo miró sorprendida cuando él se apartó, sonriéndole amablemente.

– Ha sido demasiado corto, una lástima -dijo. Retrocedió, le cogió la mano y le besó el dorso-. En otra ocasión tal vez -musitó.

Pero no le soltó la mano. Aun cuando la viuda salió del coche, continuó reteniéndole la mano, acariciándole suavemente la piel con el pulgar.

La estaba seduciendo; casi no era capaz de pensar, casi no podía respirar, pero eso lo sabía. Dentro de unos minutos cada uno se iría por su lado; él no habría hecho nada más que besarla y ella habría quedado cambiada para siempre.

La viuda ya estaba delante de ellos, y si le importó que el bandolero le estuviera acariciando la mano a su acompañante, no lo dijo. Simplemente alargó la suya hacia él con un pequeño objeto.



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