Tenía el pelo castaño, ojos azules y una marca de nacimiento en el hombro. -Tragó saliva y bajó la voz a un susurro-. Le encantaba la música, y no podía comer fresas. Y era capaz… era capaz… -Se le cortó la voz, pero nadie habló; el silencio se hizo denso, todos los ojos clavados en ella, hasta que se recuperó y continuó en apenas un susurro-: Era capaz de hacer reír a cualquiera. -Entonces, haciendo un reconocimiento que Grace no se habría imaginado jamás, giró la cabeza hacia ella y añadió-: Incluso a mí.

El momento quedó suspendido en el tiempo, puro, silencioso, intenso. Nadie habló. Grace no sabía si alguien estaba respirando.

Miró al bandolero, le miró la boca, esa boca expresiva y traviesa, y comprendió que algo no andaba bien. Él tenía los labios entreabiertos y, más aún, quietos. Por primera vez le veía los labios sin movimiento, y a la plateada luz de la luna vio que había palidecido.

– Si esto significa algo para ti -continuó la viuda con tranquila resolución-, puedes encontrarme en el castillo Belgrave esperando tu visita.

Acto seguido, toda encorvada y temblorosa, como Grace no la había visto nunca, se giró, con la mano cerrada sobre la miniatura, y subió al coche.

Grace continuó inmóvil, sin saber qué hacer. Ya no se sentía en peligro, por extraño que pareciera, con tres pistolas todavía apuntadas a ella y una, la del bandolero, «su» bandolero, en su mano lacia al costado. Pero sólo le habían entregado un anillo, botín nada productivo para una banda de ladrones experimentada, así que no se sentía capaz de volver al coche sin permiso.

Se aclaró la garganta.

– ¿Señor? -dijo, sin saber cómo llamarlo.

– Mi apellido no es Cavendish -dijo él en voz baja, tan baja que sólo llegó a los oídos de ella-, pero lo fue en otro tiempo.

Grace ahogó una exclamación.

Y entonces, con un movimiento brusco y rápido, él saltó a su montura y exclamó:

– Hemos terminado aquí.



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