
Y Grace se quedó donde estaba viéndolo alejarse.
CAPÍTULO 02
Habían transcurrido varias horas y Grace estaba sentada en una silla en el corredor, fuera del dormitorio de la viuda. Estaba absolutamente cansada y no deseaba otra cosa que ir a meterse en su cama, aun sabiendo que, a pesar de su agotamiento, se pasaría el resto de la noche dándose vueltas y vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. Pero la viuda estaba tan perturbada, y la había llamado tantas veces, que finalmente renunció a la idea de ir a acostarse y llevó la silla a ese lugar. En la última hora le había llevado a la viuda (que no se movía de la cama) un fajo de cartas que había tenido guardadas en el fondo de un cajón con llave; un vaso de leche caliente; una copa de coñac; otro retrato en miniatura de su hijo John, fallecido tanto tiempo atrás; un pañuelo que sin duda tenía un valor sentimental; otra copa de coñac, para reemplazar a la primera, que se bebió mientras le ordenaba que fuera a buscar el pañuelo.
Habían pasado unos diez minutos desde la última llamada, diez minutos en que no había podido hacer nada aparte de estar sentada esperando, pensando, pensando…
En el bandolero.
En su beso.
En Thomas, el actual duque de Wyndham, al que consideraba un amigo.
En el difunto hijo mediano de la viuda, y en el hombre que al parecer era igual a él. Y en su apellido.
Hizo una larga inspiración. Su apellido. Su apellido.
Buen Dios.
Eso no se lo había dicho a la viuda. Se había quedado inmóvil en el camino, observando alejarse al bandolero a la luz de la media luna. Y, finalmente, cuando le pareció que le funcionarían las piernas, comenzó a actuar para volver a la casa. Tuvo que ir a desatar al lacayo, luego atender al cochero, y en cuanto a la viuda, estaba tan trastornada que ni siquiera emitió un susurro de protesta cuando colocó al cochero herido dentro del coche con ella.
