
Hecho todo eso subió al pescante, donde ya estaba el lacayo, y cogió las riendas para llevar el coche de vuelta a la casa. No tenía mucha experiencia en llevar las riendas, pero se las arregló.
Tuvo que arreglárselas. No había nadie más que lo hiciera. Pero eso era algo para lo que era buena.
Para arreglárselas. Para hacer las cosas.
Cuando llegaron a la casa, buscó a una persona para que atendiera al cochero y luego fue a atender a la viuda, todo ese tiempo sin parar de pensar:
¿Quién era él?
El bandolero. Había dicho que en otro tiempo su apellido era Cavendish. ¿Podría ser el nieto de la duquesa viuda? Le habían dicho que John Cavendish murió sin descendencia, pero no sería el primer noble joven que dejaba el campo sembrado de hijos ilegítimos.
Aunque él dijo que su apellido era Cavendish, o, mejor dicho, que había sido Cavendish. Lo cual significaba…
Movió la cabeza, agotada. Estaba tan cansada que no era capaz de pensar, y sin embargo parecía que lo único que podía hacer era pensar. ¿Qué significaba que el apellido del bandolero fuera Cavendish? ¿Podía un hijo ilegítimo llevar el apellido de su padre?
No tenía la menor idea. Jamás en su vida había conocido a un hijo bastardo, al menos no a uno de origen noble. Pero sabía de hombres que se habían cambiado el apellido. El hijo del párroco se había ido a vivir con unos parientes cuando era pequeño, y la última vez que vino de visita se presentó con otro apellido. Al parecer, entonces, un hijo ilegítimo podía ponerse el apellido que quisiera. Y aunque no fuera legal hacerlo, un bandolero no se iba a preocupar por esos tecnicismos, ¿no?
Se tocó la boca, intentando simular que no le gustaban los estremecimientos de excitación que pasaron por toda ella al recordar. Él la había besado. Ese había sido su primer beso, y no sabía quién era él.
Conocía su olor, conocía el calor de su piel y la aterciopelada suavidad de sus labios, pero no conocía su nombre.
