No entero, al menos.

– ¡Grace! ¡Grace!

Se levantó cansinamente. Había dejado entreabierta la puerta para oírla si la llamaba, y no se había equivocado: volvía a llamarla. La viuda debía seguir muy trastornada; rara vez la llamaba por su nombre de pila; era más difícil decirlo de manera autoritaria que «señorita Eversleigh».

Entró a toda prisa en el dormitorio.

– ¿Se le ofrece algo? -preguntó, procurando que la voz no le saliera cansada ni resentida.

La viuda estaba sentada en la cama, bueno, no del todo sentada, más bien reclinada, solamente la cabeza levantada sobre las almohadas. Parecía estar tremendamente incómoda, pero la última vez que intentó acomodarla mejor casi le arrancó la cabeza.

– ¿Dónde estaba?

Le pareció que esa pregunta no necesitaba respuesta, pero de todos modos contestó:

– Aquí, al otro lado de la puerta, señora.

– Necesito que me traiga una cosa -dijo la viuda, y parecía más agitada que imperiosa.

– ¿Qué desea que le traiga, excelencia?

– Necesito el retrato de John.

Grace la miró sin comprender.

– ¡No se quede ahí detenida! -exclamó la viuda, o más bien gritó.

– Pero, señora -protestó Grace, retrocediendo de un salto-. Le he traído los tres retratos en miniatura y…

– No, no, no -exclamó la viuda, moviendo la cabeza de un lado a otro sobre las almohadas-. Necesito el retrato. El de la galería.

– El retrato -repitió Grace.

Eran las tres y media de la madrugada, y tal vez estuviera atontada por el agotamiento, pero creía que le acababan de ordenar que descolgara un retrato de cuerpo entero de una pared y lo subiera dos tramos de escalera hasta ese dormitorio.

– Sabe cuál es -dijo la viuda-. Él está de pie junto al árbol y hay destellos en sus ojos.

Grace pestañeó, tratando de asimilar eso.

– Sólo está ese, creo.

– Sí -dijo la viuda, con la voz bastante chillona por su urgencia-. Hay destellos en sus ojos.



14 из 269