
– Quiere que lo traiga aquí.
– No tengo otro dormitorio -ladró la viuda.
– Muy bien. -Tragó saliva; buen Dios, ¿cómo se las iba a arreglar para hacer eso?-. Me llevará un poco de tiempo.
– Simplemente súbase en una silla y saque el maldito cuadro. No es necesario que…
Le vino un acceso de tos y se le dobló el cuerpo. Grace corrió hasta la cama.
– ¡Señora, señora! -exclamó, rodeándole la espalda con el brazo para enderezarla-. Por favor, señora. Debe intentar tranquilizarse. Se va a hacer daño.
La viuda tosió unas cuantas veces más, bebió un largo trago de leche caliente, después soltó una maldición y cogió la copa de coñac. La apuró de un trago.
– Le haré daño a usted -resolló, dejando la copa en la mesilla de noche, con un golpe-, si no me trae ese retrato.
Grace tragó saliva y asintió.
– Como quiera, señora.
Salió a toda prisa y cuando ya estaba fuera de la vista de la viuda se apoyó en la pared del corredor.
Qué bien había comenzado esa noche. Y ahora había que verla. Había tenido una pistola apuntada al corazón, la besó un hombre cuya próxima cita era sin duda con la horca y ahora la viuda quería que sacara un enorme retrato de cuerpo entero de la galería y se lo subiera.
A las tres y media de la madrugada.
– De ninguna manera me paga bastante -masculló en voz baja mientras iba bajando la escalera-. No existe cantidad de dinero suficiente que…
– ¿Grace?
Se detuvo en seco y con el impulso se saltó el último peldaño. Al instante unas manos grandes le cogieron los brazos para afirmarla. Levantó la vista, aunque ya sabía quién tenía que ser. Thomas Cavendish era el nieto de la duquesa viuda; también era el duque de Wyndham y por lo tanto sin duda el hombre más poderoso del distrito. Estaba en Londres casi con la misma frecuencia con que estaba en Belgrave, pero ella había llegado a conocerlo bastante bien en los cinco años que llevaba trabajando de dama de compañía de la viuda.
