Eran amigos. La situación era extraña y totalmente inesperada, dada la diferencia de rango entre ellos, pero eran amigos.

– Excelencia -dijo, aun cuando hacía mucho tiempo que él le había ordenado que lo tuteara y llamara por su nombre de pila cuando estaban en la casa.

Le agradeció con un gesto de asentimiento cuando él le soltó los brazos, retrocedió y bajó las manos a los costados; ya era demasiado tarde para pensar en títulos y maneras de tratarlo.

– ¿Qué diablos haces todavía en pie? -preguntó él-. Son pasadas las dos.

– Pasadas la tres, en realidad -enmendó ella, distraída.

Y entonces pensó, santo cielo, Thomas. Se despabiló del todo. ¿Qué debía decirle? ¿Debía contarle algo de lo ocurrido? No habría manera de ocultar que las había asaltado un bandolero, pero no sabía si debía revelar que podría haber un primo de primer grado recorriendo los caminos aligerando de sus objetos valiosos a los aristócratas de la localidad.

Porque, tomando todo en cuenta, podría no ser primo. Además, no tenía ningún sentido preocuparlo innecesariamente.

– ¿Grace?

Ella movió la cabeza.

– Perdón, ¿qué has dicho?

– ¿Por qué andas vagando por los corredores?

– Tu abuela no se siente bien -dijo y, desesperada por cambiar de tema, añadió-: Llegas tarde a casa.

– Tenía asuntos que atender en Stamford -repuso él secamente.

Su amante. Si fuera cualquier otra cosa su respuesta no habría sido esa. Pero era extraño que hubiera llegado a casa. Normalmente se quedaba a pasar la noche. A pesar de ser de cuna respetable, ella era una criada en Belgrave, y como tal se enteraba de casi todos los chismes. Si el duque se quedaba fuera toda la noche, por lo general ella se enteraba.

– Tuvimos una noche… algo agitada -dijo.

Él la miró expectante.

Ella titubeó un momento y luego, bueno, no había nada que hacer aparte de decir:



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