
– Nos asaltaron unos bandoleros.
– Buen Dios -exclamó él al instante-. ¿Estás bien? ¿Está bien mi abuela?
– No sufrimos daño ninguna de las dos, aunque nuestro cochero tiene un feo chichón en la cabeza. Me tomé la libertad de darle tres días libres para que se recupere.
– Por supuesto. -Cerró los ojos con expresión apenada, y al abrirlos dijo-: Debo pedir disculpas. Debería haber insistido en que llevarais más de un jinete de escolta.
– No seas tonto. No es culpa tuya. ¿Quién habría pensado…? -Se interrumpió, porque no tenía sentido buscar a alguien a quien culpar-. No nos hicieron daño -repitió-. Eso es lo que importa.
Él exhaló un suspiro.
– ¿Qué os robaron?
Ella tragó saliva. No podía decirle que sólo les robaron un anillo. Thomas no era ningún idiota; le extrañaría. Esbozó una tensa sonrisa, decidiendo que era mejor la vaguedad.
– No mucho. A mí, nada. Me imagino que era evidente que no soy una mujer acaudalada.
– Mi abuela debe de estar loca de furia.
– Está algo perturbada -dijo ella, evasiva.
– Llevaba su collar de esmeraldas, ¿verdad? -Movió la cabeza-. La vieja bruja le tiene un cariño ridículo a esas piedras.
– En realidad salvó las esmeraldas. Las escondió debajo del cojín del asiento.
Él pareció impresionado.
– ¿Sí?
– Yo se las escondí -enmendó ella, nada deseosa de compartir la gloria-. Me las pasó a mí antes que abrieran la puerta del coche.
Él sonrió levemente y, pasado un momento de silencio algo incómodo, dijo:
– No me has dicho por qué estás levantada tan tarde. Sin duda te mereces un descanso también.
– Esto… -No había manera de evitar decírselo; además, seguro que él notaría el inmenso espacio vacío en la galería al día siguiente-. Tu abuela me ha hecho una extraña petición.
– Todas sus peticiones son extrañas -repuso él al instante.
